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Nicaragua en la mira del imperio

Por Gustavo Espinoza M.*
Para Firmas Selectas de Prensa Latina

Recientemente, Managua y otras ciudades nicaragüenses han conocido días de violencia. Como en Caracas, entre abril y julio del año pasado, turbas alzadas han implementado desmanes contra edificios públicos, mercados, escuelas, policlínicos; y hasta han consumado asesinatos contra policías y periodistas. Aunque las autoridades han pretendido minimizar los hechos, la CNN se ha encargado de llevar al mundo escenas que parecían olvidadas, por lo menos en la patria de Sandino.
La gota que rebasó el vaso del descontento social fue una disposición  gubernamental  orientada a elevar los aportes a la Seguridad Social, de Empleadores y Trabajadores. La iniciativa se generó por el marcado déficit presupuestario de ese servicio,  habida cuenta que había creado nuevos beneficios  para la población afectada por la guerra pasada, e incrementado otros. Quizá inoportuna, o tal vez mal explicada, la medida fue cuestionada, y generó una protesta que fue creciendo.

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Más allá de los deplorables hechos que ocurrieron en días sucesivos entre el 18 y el 22 de abril, habría que mirar con detenimiento lo que está en juego y el nivel de los intereses en pugna, en un país que se alza como referente para los pueblos de Centro América y el Caribe.
Nicaragua, en efecto, tuvo siempre una historia difícil. Hubo épocas en las que un pirata yanqui -William Walker- asumió el poder y proclamó el inglés como “idioma oficial” en medio de la destrucción masiva de la cultura popular y el exterminio de la población local.
Después, vino el amo yanqui en toda su dimensión: los marines de Yanquilandia se desplegaron por ese suelo, y permanecieron en él hasta que fueron expulsados por la lucha de Sandino y su “pequeño ejército loco”. Nuestro Mariátegui, en su momento, saludó esa acción, y dijo  sin cortapisas:”El único camino de resistencia activa al dominio yanqui, era el camino heroico de Sandino”. Y lo fue.

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En 1934 Sandino fue asesinado en una trampa tendida por los Somoza, esa “estirpe sangrienta” que apagó la luz en Nicaragua durante casi 50 años. Sandino redivivo combatió con la bandera del FSLN al impulso de Carlos Fonseca, Tomás Borge y Daniel Ortega. Este último, conduce hoy los destinos del país y fue reelegido en noviembre del 2016 con más del 70% de los votos en un proceso electoral monitoreado por  organismos internacionales.

¿Ha perdido legitimidad Ortega en los 16 meses de gestión gubernativa? ¿Ha cometido errores garrafales que lo descalifican como mandatario de la nación? ¿Merece hoy la repulsa ciudadana quien fuera ungido por tan consistente mayoría? No pareciera ser así. Por el contrario, su gobierno ha dispuesto acciones orientadas a mejorar las condiciones de vida de la gente.
Hoy, la educación y la salud, son gratuitas para gran parte de la población. El empleo, no se ha visto afectado. El equilibrio económico, se mantiene. No se constatan niveles de inflación, ni ha descendido la capacidad adquisitiva de los salarios. Es verdad que no hay lujos, ni dispendio. Pero los empresarios no se pueden quejar -ni se quejan- de un proceso que no ha afectado lo sustancial de sus intereses. Y la Iglesia -que se opuso al sandinismo en los años 80 del siglo pasado- goza hoy del apoyo del gobierno y el respeto de un pueblo marcadamente religioso.
Preguntar en la calle a cualquier persona si es nacido en Nicaragua, es recibir una respuesta que no se usa en otras partes: “
soy nicaragüense, por la gracia de Dios”. Y se han emprendido obras de gran trascendencia que modificarán sustantivamente la vida de millones de personas, como el Canal Transoceánico, ofrecido por todos, pero ejecutado por nadie.

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Que Nicaragua ha generado reticencias y desconfianzas en Washington, es claro. No en vano el Canal en marcha fue pactado, no con una empresa yanqui sino con el Gobierno de la República Popular China. Y eso, ¡…se paga!. La “Nic-Act”-un documento trabajado por el Departamento de Estado USA y destinado a sancionar a Nicaragua-  lo acredita.
Estados Unidos -más precisamente, la Administración Trump-  se siente  “
dueña del mundo”; pero Corea del Norte le acaba de bajar el moño, y lo ha obligado a sentarse en la mesa de negociaciones; Iraq ha demostrado el fracaso absoluto de su política de dominación; Siria ha rechazado virilmente su injerencia en los asuntos internos de su país; Rusia ha puesto en su sitio a los Halcones del Pentágono al desviar los misiles yanquis disparados sobre Damasco.
En suma, la estrategia de “dominación” hace agua por todas partes. Y a los Estados Unidos, lo que les queda, es América. Buscan aquí parapetarse,  para sobrevivir.
Eso explica su ofensiva continental contra los pueblos: la campaña contra Cuba, que se reaviva; la ofensiva económica, política y militar contra Venezuela; el apoyo a Temer, en Brasil y la captura de Lula; la capitulación de Moreno en el Ecuador; los ataques a Evo, en Bolivia; pero también los “éxitos” electorales en Chile y en Paraguay. Y -¿por qué no?- los sucesos que hoy estremecen a Nicaragua que en los últimos diez años ha venido reconstruyendo pacíficamente su economía, y su bienestar.
Lo que hoy ocurre en Managua tiene todo el estilo de un “
golpe suave”, de “una primavera democrática”, como la acontecida en Europa del este. Pero más allá de las palabras, esconde en sus fauces el monstruo neoliberal y la dominación imperialista. De eso, no puede caber la menor duda. Los gritos de “democracia” y “libertad” -que nunca amenazó el sandinismo- habrán de apagarse si se corona con éxito la aventura golpista.
El pueblo de Nicaragua sabe ya lo que significa la dominación del amo del norte. Y no está dispuesto a arriar sus banderas. La patria de Sandino “
ni se entrega,  ni se vende” dice una vieja canción revolucionaria nicaragüense. Hará honor a ella, sin duda.